
Soy una persona de tradiciones...Halloween, SuperMayo, corretear desnudo por bosques nevados mientras prometo a gritos que no he visto nada, que no hablaré y que no hay necesidad de derramar más sangre por una tontería así.
Siempre me ha gustado mantener los buenos momentos a mano, e intentar repetirlos una y otra vez, incluso cuando el calendario lo niega o no hay nieve suficiente.
Precisamente por eso me empeño en hacer un calendario de adviento cada año.
La excitación matutina de abrir una cajita y recibir un pequeño regalo sólo porque el calendario y la astronomía popular así lo dictaminan.
Hay pocas cosas mejores que pasarte 24 recibiendo un regalito cada mañana. Comestible o no. Bueno, mejor comestible, pero tener que elegir entre divertido y comestible es como tener que elegir entre papá o mamá, entre la tecla enter o la barra espaciadora, entre Batman y Han Solo.
Pero la experiencia del año pasado probó que a veces, si le quitas el componente alimenticio, un calendario de adviento puede ser aburrido de cojones. En especial si lo único que trae es mobiliario urbano y tíos armados con walkie-talkies y carritos de carga.
Por eso este año he ido a tiro seguro. Un trío. Y no, no estoy hablando de Jenna Jameson, Aria Giovanni y Batman, estoy hablando de tres calendarios diferentes.
Dos comestibles, y uno plastificado.

Pero tras el fiasco de la edición "City" del calendario de Lego del año pasado, esta vez me he decidido por la versión "Castle".
Y es que puestos a no tener nada navideño en el calendario, prefiero y encontrándome enanos, esqueletos y muslos de pollo gigantes por el camino.
No hay nada de malo en un calendario de adviento pagano si no haces rimas con él.

Y por la descripción de la caja, este va a ser un calendario que pondrá nuevos estándares en lo que vamos a tener que esperar en advientos venideros. Descartemos por fin la porquería semáforos y señales de construcción para ir a parar a tipos con la cabeza verde y una cantidad de armas suficiente como para acabar con la Batalla del Abismo de Helm en media hora.

Una vez dado el primer paso, una vez usado el comodín de la fe incondicional en los dioses de Lego y una vez dejándome los 18 euros que cuesta esta edición del calendario de adviento de este año, llegas a casa, lo abres y la sonrisa se extiende tanto que hay posibilidades de acabar con las mejillas en la nuca.
No me diréis que no es prometedor?
Vale que los regalitos están prometidos en sus respectivas cajas y no los podemos ver, pero sólo por tener esa vista en la mesa de la cocina ya es más que suficiente.
Da hasta penita pensar que voy a tener que romper las ventanitas destrozando la maravillosa armonía que suma en un castillo medieval los cuatro estados de la materia, tierra, agua, fuego y cartón.
No. Es coña.
No puedo esperar a destrozar la puertezuela del día 1!
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